Las Cáritas Parroquiales: "Amor que se recibe, amor que se dona"

“... En la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo, que «consiste precisamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo” (SC 88).

1.- Las Cáritas Parroquiales: Testigos de la misericordia de Dios.


El Beato Juan Pablo II nos recordaba que nuestra existencia está sostenida y marcada por el amor. Fuimos creados por amor y nos realizamos plenamente en el amor, esto es, en la donación gratuita, total y definitiva al otro. En la medida que toda persona camina hacia el amor, ella misma está llamada a descubrir, acoger, aceptar y vivir el amor verdadero y a dar testimonio de él. Este es su deseo más profundo y una necesidad que sólo Dios puede colmar.

Para el cristiano, el amor tiene un rostro: Jesucristo, “rostro humano de Dios y rostro divino del hombre”, que se encarnó en el seno virginal de María y se hizo hombre, como uno de nosotros, menos en el pecado. Se hizo prójimo para revelarnos el Amor del Padre y enseñarnos el valor y la dignidad de toda persona humana, sobre todo de los más necesitados. Pasó “haciendo el bien” y dando testimonio de la misericordia y el amor de Dios, colocando a la Caridad como centro de la vida del creyente y de la Iglesia, de toda existencia humana y de las relaciones del hombre con su creador.

Taller Caritas ParroquialesPor amor Jesucristo se quedó real y verdaderamente en la Eucaristía, como alimento de inmortalidad, fuente y culmen de la caridad cristiana. El cristiano, es la persona que ha “conocido el amor que Dios nos tiene y ha creído en él” (1Jn 4,16), ha tenido “un encuentro íntimo con Dios, encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento” (SC. 88). Esta experiencia lo marca definitivamente, implicando un giro definitivo en su vida, porque ha gustado en todo su ser el amor que se recibe gratuitamente, el mismo que lo impulsa a amar a los demás, en un amor que se dona. ¿De dónde entonces, las dificultades y el desgano para vivir de manera personal y comunitaria, este amor que inunda toda su existencia?, ¿Es que acaso podemos vivir sin respirar o sin alimentarnos?. Nuestra vocación a la santidad se vive en la caridad que acogemos como un Don y la vivimos como Gracia que genera vida plena y abundante en el encuentro fraterno.

El santo padre Benedicto XVI nos enseña que “... la santidad no es otra cosa que la caridad plenamente vivida… ha difundido ampliamente su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que nos ha sido dado (cfr Rm 5,5); por esto el primer don y el más necesario es la caridad, con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor a Él”.

La Caridad vivida en comunión eclesial se convierte en confesión y testimonio de nuestra fe, hace visible el amor que Dios tiene por todos y cada una de las personas. La actividad caritativa cristiana, más allá de su competencia profesional, debe basarse en la experiencia de un encuentro personal con Cristo, cuyo amor ha tocado el corazón del creyente suscitando en él el amor por el prójimo. El programa del cristiano – el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús – es “un corazón que ve”. Este corazón ve dónde hay necesidad de amor y actúa de modo consecuente.

2.- Organizar la Caridad: Vocación tarea de la comunidad eclesial.

SS Benedicto XVI en su encíclica Cáritas in Veritate nos afirma que: “todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera auténtica; amor y verdad nunca los abandonan completamente, porque son la vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser humano. Jesucristo purifica y libera de nuestras limitaciones humanas la búsqueda del amor y la verdad, y nos desvela plenamente la iniciativa de amor y el proyecto de vida verdadera que Dios ha preparado para nosotros” (CV n.1). Esta vocación al servicio puesta por Dios en cada una de las personas, es la base y el fundamento para organizar la caridad, las Cáritas parroquiales. Los hombres, destinatarios del amor de Dios, se convierten en sujetos de caridad, llamados a hacerse ellos mismos “instrumentos de la gracia para difundir la caridad de Dios y para tejer redes de caridad” (CIV n.5)

Es indudable que existen, tanto a nivel parroquial como a nivel diocesano testimonios y esfuerzos por vivir la solidaridad con los más necesitados; pero también es cierto que estas iniciativas necesitan vivirse dentro de un mayor espíritu de comunión y en clave de conversión pastoral. El ejercicio de la caridad debe marcar la vida de todo creyente y de toda la comunidad, porque "para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia". (DCE 25)

Las Cáritas parroquiales se presentan como un instrumento al servicio de la Iglesia local para vivir el mandamiento del amor. Debe ayudar a toda la comunidad en atender las necesidades más apremiantes de los que menos tienen. Constituyen una parte del servicio caritativo del pueblo de Dios, quienes ubicados en un contexto socio-cultural específico, realizan el encuentro fraterno en comunión de personas y bienes. Debe permitir que la gente vea a Jesús en los gestos de solidaridad, en el compartir de la propia vida de la Iglesia Comunión.

La Cáritas Parroquial busca ejecutar acciones que ayuden al hombre y a la sociedad a lograr su progreso material y espiritual, conseguir que cada hombre aprenda a valerse por sí mismo y llegue a ser protagonista de su propio desarrollo humano integral. Para ello necesitan de cristianos que “movidos ante todo el amor de Cristo, personas cuyo corazón ha sido conquistado por Cristo con su amor, despertando en ellos el amor al prójimo” (DCE, 33), cuyo criterio inspirador sea la fuerte expresión de Pablo: “nos apremia el amor de Cristo” (2 Co, 5, 14). “La actuación práctica resulta insuficiente si en ella no se puede percibir el amor por el hombre, un amor que se alimenta en el encuentro con Cristo” (DCE, 34).

El Beato Juan Pablo II nos afirmaba que “a partir de la comunión intraeclesial, la caridad se abre por naturaleza al servicio universal” (NMI 49). Servicio que, desde las cáritas parroquiales tiene tareas muy específicas, entre las cuales podemos mencionar:

   a) La promoción y fortalecimiento de la acción socio pastoral de la comunidad eclesial, animando el protagonismo de los laicos, desde la defensa y la         promoción de la persona humana, haciendo posible su desarrollo integral.
   b) Las Cáritas parroquiales se presentan como una organización que ayuda a la Iglesia local en la tarea diaria de cubrir las necesidades apremiantes de sus         feligreses y de la comunidad, y así desarrollar en forma eficiente y crear canales de solidaridad.
   c) Evaluar permanentemente la realidad social del ámbito parroquial, para generar una mayor conciencia y compromiso en la comunidad de su         responsabilidad evangélica frente a la vida del otro.
   d) Motivar y animar a los miembros de la comunidad parroquial a ejercer en forma efectiva el amor solidario, dinamizando y comprometiendo a todos los         demás grupos parroquiales dentro de una perspectiva de pastoral de conjunto.
   e) Promoción del voluntariado como expresión de una cultura de paz, donde nos sensibilicemos frente a dolor y el sufrimiento del hermano.
   f) Promover la reflexión y la formación en Doctrina Social de la Iglesia a toda la comunidad, de manera que pueda iluminar y aportar al desarrollo integral de la        sociedad.

Desde el ejercicio y vivencia de la caridad, el discípulo y toda la comunidad cristiana sienten la alegría y la responsabilidad de ser llamado a servir a sus hermanos. Viviendo con plenitud la Caridad dentro de la comunidad, hacemos que los hombres se conviertan en discípulos y misioneros del Amor de Dios porque “el hombre es el camino de la Iglesia” (RH 11).

Unidos a María, Madre de la Caridad, configurados en Cristo, siguiendo el discipulado de la Caridad y promoviendo el compromiso de los laicos, las cáritas parroquiales están llamadas a constituirse en verdaderas escuelas de comunión, solidaridad, participación, promoción y de una profunda preocupación y pasión por lo humano.

Escrito por: Roberto Tarazona Ponte
Diácono permanente
Oficina de Asesoría Pastoral