Existimos para comunicar el Amor de Dios desde una nueva imaginación de la caridad

Roberto TarazonaDar cuenta de nuestra Fe desde la caridad de Jesucristo

El Beato Juan Pablo II, nos recordaba en la Novo Millenio Ineunte, las palabras de San Juan: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21), en alusión hecha al apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual. Nos decía que: “como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo « hablar » de Cristo, sino en cierto modo hacérselo «ver». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?. Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro” (NMI n.16) Enorme regalo que Dios nos confía, que es la vez Don suyo y tarea nuestra: reflejar la luz de Cristo a una sociedad compuesta por personas que cada vez mas rechazan abiertamente a Dios y por lo tanto se desentiende de las necesidades del otro, sobre todo del pobre y necesitado.

Pero paradójicamente, la sed de felicidad y realización personal que habita en el corazón toda persona, cualquiera que sea su credo, raza, posición social y económica, sólo puede ser llenada por Dios. Ciertamente el mundo, necesita “ver” a Dios y para la Iglesia esto constituye su razón de ser. Al igual que para todo cristiano y en particular para nosotros familia de Cáritas en el Perú. Nuestro trabajo socio pastoral debe hablar de Dios, debe ayudar que las personas “vean a Dios”. El beato Juan Pablo II nos señalaba que: “Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa.” (EN n. 14).

Cómo red de Cáritas en el Perú, nos sabemos llamados por Dios y por su Iglesia a vivir en estado permanente de misión desde la atención de las necesidades de personas y comunidades que quieren vivir con dignidad como les corresponde por ser hijos de Dios.

Nuestra capacidad de amar nace de ser amados por Dios en Jesucristo

La fuente de nuestro ser y quehacer, como cristianos y miembros de la red de Cáritas en e Perú, se sustenta en la experiencia personal de ser amados por Dios. El cristiano es alguien que se ha encontrado personalmente con Jesucristo vivo y resucitado. Este encuentro cambia radicalmente su vida y la sitúa en la dinámica del Don, la Gratuidad y la santidad. El mandamiento del amor a Dios y al hermano, se configura como una realidad que nace del mismo corazón humano que se ha encontrado con Jesucristo y no como una regla externa que se tenga que cumplir. Podemos afirmar que “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él” (1 Jn. 4, 16), así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida” (cfr. DCE n.1). Por desborde de amor, de alegría y agradecimiento, el anuncio del Evangelio de la Caridad, inunda y llena toda la vida del creyente, que busca en todo realizar la “voluntad del Padre” y busca en todas las personas, el rostro de Jesucristo, camino de la verdad y de la vida plena.

Por ello, la pastoral de la caridad dentro del cual se ubica nuestro servicio como red de Cáritas en el Perú, consiste en mirar y amar a la otra persona desde la perspectiva de Jesucristo, teniendo en cuenta que su amigo es mi amigo; “sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama” (DCE, n.18).

Jesucristo nos permite mostrar el rostro de una Iglesia misericordiosa que es sacramento de la ternura del Buen Pastor por los que sufren desgracias y males. Nuestra presencia nos exige a nosotros ser expresión concreta, real y visible de esta misericordia, acogiendo en nuestra labor, los sufrimientos y alegrías, tristezas y angustias de los más necesitados; porque nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón de todo creyente.

Nuestro servicio debe ser el rostro visible de la entrañable misericordia de Dios, por cada persona y todas las personas, reflejada, además en el corazón materno de María, quien nos acompaña a servir a los mas pobres de manera que se sientan “en su propia casa” (NMI n.50).

Jesucristo nos configura en su Iglesia para vivir los valores del Reino


Nuestro estilo de vida, nuestros valores y sentimientos son los de Jesucristo, porque la solidaridad cristiana no es un ejercicio meramente humano y de filantropía social. Es, ante todo una vocación.

Nuestro actuar sería y “nuestro testimonio sería…enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro” (NMI n.16). Somos siervos inútiles que llevamos un tesoro que comunicar y compartir, por ello todo nuestro ser y actuar debe estar marcada por la “primacía de la Gracia”. Por lo tanto necesitamos: Beber de su Palabra y comunicarla con generosidad. Orar y vivir la liturgia, sobre todo la Eucaristía con plenitud, que es fuente y cima de la caridad. Esta espiritualidad de comunión permite ver al hermano con los ojos de Cristo y puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias. Puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita... Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Pedimos al Espíritu Santo, que nos ayude en vivir una espiritualidad de comunión y de servicio caracterizado por:

Ser testigo creíble de Cristo: “En consecuencia, la mejor defensa de Dios y del hombre consiste precisamente en el amor. Las organizaciones caritativas de la Iglesia tienen el cometido de reforzar esta conciencia en sus propios miembros, de modo que a través de su actuación –así como por su hablar, su silencio, su ejemplo- sean testigos creíbles de Cristo” (DCE, n.31c).

Servir con competencia profesional:
“Los hombres y mujeres que realicen la pastoral de la caridad deben ser competentes profesionalmente porque el servicio que se ofrece a los que sufren deben ser un servicio de calidad, pertinente, realizado de la manera más adecuada” (DCE, n.31ª).

Actuar con sentido de humanidad.
La competencia profesional, por sí sola, no basta; se necesita la atención cordial y la dedicación al otro. “La actuación práctica resulta insuficiente si en ella no se puede percibir el amor por el hombre, un amor que se alimenta en el encuentro con Cristo” (DCE, n.34). Por eso, estamos concientes que nuestros colaboradores necesitan una formación del corazón.

Obrar con humildad a imitación de Cristo. La humildad tiene varios momentos: a) darse a sí mismo como un don: “para que el don no se humille al otro, no solamente debo darle algo mío, sino a mí mismo; he de ser parte del don como persona” (DCE, n.34); b) reconocer que, ayudando a los demás, también se ayuda a sí mismo el agente pastoral (DCE, n.35); c) agradecer al Señor este don de poder ayudar a otros, ya que no es ningún mérito personal ni motivo de orgullo. d) sentirse un instrumento en manos del Señor: “se liberará así de la presunción de tener que mejorar el mundo –algo siempre necesario- en primera persona y por sí solo. Hará con humildad lo que le es posible y, con humildad, confiará el resto al Señor: Quien gobierna el mundo es Dios, no nosotros. Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podemos y hasta que Él nos dé fuerzas. Sin embargo hacer todo lo que está en nuestras manos con las capacidades que tenemos, es la tarea que mantiene siempre activo al siervo bueno de Jesucristo, hacemos nuestras las palabras del apóstol: Nos apremia el amor de Cristo” (DCE, n.35).

Ser persona de oración. “La oración se convierte en estos momentos en una exigencia muy concreta, como medio para recibir constantemente fuerzas de Cristo. Quien reza no desperdicia su tiempo, aunque todo haga pensar en una situación de emergencia y parezca impulsar sólo a la acción. La piedad no escatima la lucha contra la pobreza ola miseria del prójimo” (DCE, 36).

Imploremos a María, Madre del Amor Hermoso, que nos ayude a acoger y vivir el Amor de su Hijo y que podamos transmitirlo con caridad en la verdad, en todas nuestras acciones.

Escrito por: Roberto Tarazona
Diácono Permanente
Oficina de Asesoría Pastoral