El desarrollo humano integral

Mons. Richard Alarcon Su Santidad Benedicto XVI, nos señala en su encíclica Cáritas in Veritate, que “El desarrollo humano integral supone la libertad responsable de la persona y los pueblos” (CiV n.17).  Esto significa, proponer, testimoniar y construir estilos de vida, formas de relación social comprometidas en el bien de todos y cada una de las personas que conforman nuestra sociedad. Nos dirá más adelante, que es necesario que todas las personas nos reconozcamos como miembros de “una sola familia humana”.

Esto exige de todos nosotros, en todos los niveles de nuestra vida personal, familiar y social, una renovada ética personal y social – una ética  por la vida - que haga posible el verdadero desarrollo humano. Porque si no nos reconocemos como parte de una misma familia humana, de una misma región o de un mismo país, tendremos serias dificultades para sentir, pensar y trabajar por el otro, sobre todo por los más desprotegidos. Aquí la fe en Jesucristo, vivo y resucitado, y la enseñanza social de la Iglesia Católica, a través de su Doctrina Social, tiene mucho que aportar porque se dirige directamente al corazón de todos los hombres para que se reconozcan como hermanos, hijos de un solo Padre.

Nuestras sociedades están “enfermas del alma”, nos señala Benedicto XVI en su mensaje de Cuaresma de este año, porque sus miembros tienen dificultad para reconocer en la otra persona, a un miembro de la misma sociedad y de la familia humana, con los mismos derechos y deberes, está herida de muerte en su  proyecto de vida social.

El desarrollo humano integral de cada persona y de todas las personas, por lo tanto de toda sociedad y nación, necesita que todos se reconozcan, como señalábamos anteriormente, como miembros de una sola familia humana. Una sociedad no es un conjunto de seres humanos que viven simplemente uno junto a otros, sin importarles lo que suceda alrededor y sin un conjunto de valores compartidos que les dé identidad y una historia común. Nos recordará el Santo Padre que el hombre ha sido creado por amor y está hecho para amar. Toda su vida está marcada por la Gratuidad y por el Don. Un desarrollo humano será integral y verdadero cuando todo ser humano acepte y reconozca en su vida, la experiencia sorprendente de esta dinámica del amor, que procede de Dios y se comprometa a construir el bien común y la fraternidad que es el horizonte del  verdadero desarrollo humano integral.

El Desarrollo Humano, una vocación irrenunciable de toda persona

Su Santidad Benedicto XVI, nos dice en su encíclica Cáritas in Veritate, que ante todo, el progreso, en su fuente y en su esencia, es una vocación: «En los designios de Dios, cada hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación» (CiV n.16).

Toda persona está llamada a desarrollarse de una manera plena, armoniosa y solidaria, desarrollarse en la verdad y la caridad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo. Lo que buscamos es que las personas puedan ser mas personas y no solo tener más cosas o tener dinero para consumir más. En efecto, “hoy se comprende mejor que la mera acumulación de bienes y servicios, incluso en favor de una mayoría, no basta para proporcionar la felicidad humana. Ni que la disponibilidad de múltiples beneficios reales, aportados en los tiempos recientes por la ciencia y la técnica, incluida la informática, traen consigo la liberación de cualquier forma de esclavitud. Al contrario, la experiencia de los últimos años demuestra que si toda esta considerable masa de recursos y potencialidades, puestas a disposición del hombre, no es regida por un objetivo moral y por una orientación que vaya dirigida al verdadero bien del género humano, se vuelve fácilmente contra él para oprimirlo” (CiV n. 16).

Ya el Beato Juan Pablo II, nos recordaba que “Todos somos testigos de los tristes efectos de esta ciega sumisión al mero consumo, en primer término, una forma de materialismo craso, y al mismo tiempo una radical insatisfacción, porque se comprende rápidamente que, si no se está prevenido contra la inundación de mensajes publicitarios y la oferta incesante y tentadora de productos, cuanto más se posee más se desea, mientras las aspiraciones más profundas quedan sin satisfacer, y quizás incluso sofocadas.

Con esto se demuestra que si bien el desarrollo tiene una necesaria dimensión económica, puesto que debe procurar al mayor número posible de habitantes del mundo la disponibilidad de bienes indispensables para "ser", no se agota con esta dimensión. En cambio, si se limita a ésta, el desarrollo se vuelve contra aquéllos mismos a quienes se desea beneficiar. (SRS n. 53).

Por ello, nadie puede quedarse al margen del proceso de construir un país para todos. Si el desarrollo es una vocación a la que está llamada el hombre, debemos preguntarnos ¿cuál es el fin del desarrollo?, ¿Porqué y cual es la orientación de principio y la finalidad de las políticas públicas o de nuestras intervenciones?.

Toda persona puede y debe aportar a vivir con dignidad y trabajar para que otros también puedan hacerlo. Le corresponde al Estado, a los cuerpos intermedios y a las familias, generar esta conciencia de pertenencia y de responsabilidad con los demás.

Esto es lo que legitima la intervención de la Iglesia en la problemática del desarrollo. Si éste afectase sólo los aspectos técnicos de la vida del hombre, y no el sentido de su caminar en la historia junto con sus otros hermanos, ni al descubrimiento de la meta de este camino, la Iglesia no tendría por qué hablar de él. Pablo VI, como León XIII en la Rerum novarum, era consciente de cumplir un deber propio de su ministerio al proyectar la luz del Evangelio sobre las cuestiones sociales de su tiempo.

Un Desarrollo Humano Integral que respete y valore los Bienes de la Creación


Su Santidad Benedicto XVI, nos recuerda la enorme responsabilidad que Dios otorga al hombre al entregarle el dominio de la Creación. Lo hace Señor de la Creación para cuidarla y ponerla al servicio de toda la humanidad. Esta creación está llamada a mostrarnos el rostro de Dios y su providencia.

Nos recuerda que “el carácter moral del desarrollo no puede prescindir tampoco del respeto por los seres que constituyen la naturaleza visible. Estas realidades exigen también respeto, en virtud de una triple consideración que merece atenta reflexión.

La primera consiste en la necesidad de tomar mayor conciencia de que no se pueden utilizar impunemente las diversas categorías de seres, vivos o inanimados —animales, plantas, elementos naturales— como mejor apetezca, según las propias exigencias económicas. Al contrario, conviene tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado, que es precisamente el cosmos.

La segunda consideración se funda, en la convicción, cada vez mayor de la limitación de los recursos naturales, algunos de los cuales no son, como suele decirse, renovables. Usarlos como si fueran inagotables, con dominio absoluto, pone seriamente en peligro su futura disponibilidad, no sólo para la generación presente, sino sobre todo para las futuras.

La tercera consideración se refiere directamente a las consecuencias de cierto tipo de desarrollo sobre la calidad de vida en las zonas industrializadas. Todos sabemos que el resultado directo o indirecto de la industrialización es, cada vez más, la contaminación del ambiente, con graves consecuencias para la salud de la población.” (CiV n.34)

El Bien Común da finalidad al verdadero Progreso y Desarrollo

Es importante señalar que el bien común da sentido al verdadero progreso y al desarrollo, los cuales de otra forma se limitarían solo a la producción de bienes materiales; éstos son necesarios, pero sin la orientación al bien común terminan por prevalecer el consumismo, el despilfarro, la pobreza y los desequilibrios; factores negativos para el progreso y el desarrollo.

El Santo padre Benedicto XVI nos recuerda que: “En una sociedad en vías de globalización, el bien común y el esfuerzo por él han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones, dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin barreras” (CiV n.7).

Desde esta perspectiva tenemos que trabajar por mejores procesos de inclusión social. De hecho, como ya observaba el papa Pablo VI, «la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» es causa profunda del subdesarrollo (PP n.66) y -podríamos añadir- incide fuertemente en el círculo de la pobreza y la exclusión social.

El Bien Común tiene en la base una sociedad inclusiva, sin fronteras que alienta la vocación de cada persona de vivir como hermanos. Nos urge aportar a una renovada manera de entender al hombre. Para asegurar verdaderos procesos de inclusión social, sobre todo en corazón y en el alma de la sociedad peruana, en la ética social y en la conciencia de los decidores políticos, tenemos que introducir la fuerza liberadora del Evangelio en el corazón y las mentes de personas, pueblos y culturas.

SS Benedicto XVI nos señalaba que el mundo se encuentra en un lamentable vacío de ideas, afirmación que contiene una constatación, pero sobre todo un reto: “es preciso un nuevo impulso del pensamiento para comprender mejor lo que implica ser familia; la interacción entre los pueblos del planeta nos urge a dar ese impulso, para que la integración se desarrolle bajo el signo de la solidaridad” (CiV n.53). Este es un tema central para afirmar procesos de inclusión social.

La fraternidad humana es la experiencia, de una relación que une, de un vínculo profundo con el otro, diferente de mí, basado en el simple hecho de ser hombres. Asumida y vivida responsablemente, alimenta una vida de comunión y de compartir con todos, de modo especial con los más necesitados; sostiene la entrega de sí mismo a los demás, a su bien, al bien de todos, en la comunidad política local, nacional y mundial.

Somos conscientes que el mundo en nuestro tiempo “necesita una profunda renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales construir un futuro mejor. La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso” (CiV n.21).

Pidamos a Santa María, madre de la Vida y de todos los hombres, que renueve en cada uno de nosotros el amor por Jesucristo, rostro humano de Dios y rostro Divino del hombre.


+ Miguel Richard Alarcón Urrutia
Obispo de Tarma
Presidente de Cáritas del Perú