* Construir la esperanza contra toda desesperanza que la droga produce

Dr. Roberto Tarazona 1.- El hombre, llamado a vivir en el amor

Toda persona humana está llamada a vivir en el amor, su existencia camina inexorablemente hacia este destino y es a la vez, su aspiración más profunda. En la concreción personal e histórica de esta vocación, encuentra su propia realización y la base más sólida para el ordenamiento de la convivencia humana y de la sociedad en su conjunto.

La necesidad de construir  comunidad – llámese familia, vecindario, sociedad, país - donde toda persona sea reconocida y valorada como un ser único, digno y valioso para todos,  brota de la conciencia y de la propia naturaleza del ser humano.  El hombre existe en el encuentro, en la entrega, en la solidaridad, en el don. Está llamado a tejer redes de diálogo y comunión, de apoyo e impulso vital; esta dinámica ontológica, constituye una necesidad tan intensa e impostergable como el mismo hecho de respirar. Esta realidad de lo humano, configura un itinerario que debe necesariamente transitar y frente al cual  debe dar cuenta  a su propia conciencia y a su condición humana.

El Papa Juan Pablo II, nos señalaba con claridad y firmeza que “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente.” (Redemptor Hominis n.10). Es indudable que todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera auténtica, el amor y la verdad nunca los abandonan completamente.

Es un ser en permanente búsqueda, de algo o de alguien, que pueda dar respuesta a los enormes y profundos interrogantes y aspiraciones que habitan en su interioridad. Las ansias de felicidad que tiene todo ser humano necesitan ser atendidas y resueltas. Difícilmente podrá el mundo, por tanto, dar al hombre el último sentido a su existencia. Ayudémosle a darle razones para vivir y podrán enfrentar cualquier desgracia, incluyendo la adicción a las drogas.

Debemos reafirmar que el drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación. Existe la tentación de vivir desde una idea perversa de libertad que impide reconocer la propia dignidad y el valor de toda vida humana. Sin interioridad la cultura carece de entrañas, como nos enseñara el Papa Juan Pablo II: “es como un cuerpo que no ha encontrado todavía su alma”. Sin interioridad el hombre postmoderno pone en peligro su misma integridad, su presente  y su viabilidad histórica.

Papa Benedicto XVI con unos niñosLa droga no es el problema principal del adicto. El consumo de drogas es sólo una respuesta falaz a la falta de sentido positivo de la vida y a la soledad. Expresa la ruptura y el  fracaso de un proyecto de vida personal, de la propia valoración, de la inconsistencia y fragilidad de un modelo familiar y social que no pueda evitar que sus integrantes se suiciden consumiendo las drogas.

Con frecuencia, la drogadicción es «consecuencia de un vacío interior» que lleva a la desesperación. Por esto la complejidad de la problemática de las drogas no se vence sólo desde las drogas, sino que es necesaria una amplia acción de  prevención, que sustituya la cultura de la muerte por una cultura de vida. La droga daña y mutila lo más excelso de la creación: al ser humano, por ello, nuestros esfuerzos deben estar encaminados “al descubrimiento o redescubrimiento de la propia dignidad de hombre; ayudarlo a resurgir y crecer, como un sujeto activo… mediante una confiada reactivación de los mecanismos de la voluntad, orientada hacia seguros y nobles ideales” (Papa Juan Pablo II, junio 1991).

2.- Una sociedad que necesita curar sus propias heridas

Nuestra sociedad está enferma del espíritu, porque sus miembros tienen dificultad para reconocer en la otra persona, a un miembro de la misma sociedad y de la familia humana, con los mismos derechos y deberes, está herida de muerte en su proyecto de vida social. (cfr. SS Benedicto XVI,  Mensaje de Cuaresma 2012).

Vivimos un cambio de época, cuyo nivel más profundo es el cultural. Se desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con el mundo y con lo trascendente. Una de sus principales características es la sobrevaloración y sobredimensión de la subjetividad individual.

Se vive un individualismo que debilita los vínculos comunitarios y propone una radical transformación de entender lo humano y de la construcción de las relaciones interpersonales. Se deja de lado la preocupación por el bien común para dar paso a la realización inmediata de los deseos del individuo, a la creación de nuevos y muchas veces, arbitrarios derechos individuales, como por ejemplo la legalización de las drogas.

Estamos inmersos en una crisis de sentido, donde  se nos hace más  difícil percibir la unidad de todos los fragmentos dispersos de la propia vida o de la dinámica social. El ser humano necesita un conjunto de significados fundamentales, verdades sobre sí mismo y lo existente desde donde orientarse y conducir la propia existencia y el orden de la sociedad. Sin duda son los jóvenes, el grupo poblacional en el que mejor y más dramáticamente se reflejan estas profundas mutaciones y contradicciones.

Jesús viene a tu encuentro La problemática de las drogas destruye la interioridad de la persona que la consume, compromete seriamente su proyecto de vida, conmociona todo su entorno familiar y social, atenta contra la propia nación que se ve invadida con la droga es una especie de cáncer que invade el tejido social e institucional. La problemática del  drogodependiente nos afecta a todos, en la droga todos somos víctimas y todos somos responsables. De allí la necesidad de enfoques integrales en la prevención, atención y rehabilitación, tanto de los consumidores como de las familias y del entorno social. Así como políticas nacionales e internaciones que  enfrenten con valentía a los que trafican y fomentan esta cultura de muerte.

De hecho, la droga no entra en la vida de una persona y de la sociedad con un rostro de degradación y muerte, sino como una realidad atrayente y con promesas de felicidad y evasión, estas semillas echan raíces en una cultura que lo permite todo, incluso que sus miembros puedan sucumbir ante este flagelo.

Nos conmueve e indigna sobre manera la realidad de los menores de edad obligados a convertirse primero en comercializadores de drogas, luego en consumidores, llegando inclusive, por mafias criminales, a la explotación sexual. Así mismo, la mujer drogodependiente, a diferencia del hombre, es dañada en lo más profundo de su identidad y dignidad de mujer, sobre todo si es madre o ante la posibilidad de engendrar vidas inocentes. La realidad del VIH Sida camina de la mano con la realidad de las drogas

El consumo de la droga, confina al que la consume en una suerte de una adolescencia interminable. Genera una renuncia injustificada e irracional a pensar, de querer actuar como personas racionales e inteligentes, anula la propia voluntad y genera nuevas formas de esclavitud humana. Fundamentalmente el drogodependiente es un "enfermo de amor"; no ha conocido el amor; no sabe amar en el modo justo que lo hace libre, porque no ha sido amado de manera humana, porque no se ha encontrado con el amor.

Tenemos que señalar con firmeza que “las drogas atentan contra la vida. No se puede hablar de libertad de drogarse, ni del derecho a la droga, porque el ser humano no tiene el derecho de dañarse así mismo, ni tampoco puede ni debe abdicar nunca de la dignidad personal que le viene otorgada por Dios” (papa Juan Pablo, noviembre 1991). ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo y ofreciendo a nuestros jóvenes quienes  prefieren  lanzarse  al vacío de las drogas antes que habitar en ellas?, ¿Qué intereses económicos y a veces políticos construyen caminos plagados de sufrimiento, pobreza humana y muerte?”.

Al contemplar la realidad de los drogodependientes, el papa Juan Pablo II nos recordaba el pasaje del Evangelio de San Lucas, donde un hombre fue asaltado por unos malhechores y dejado medio muerto en medio del camino a Jericó (Cfr. Lc. 1,29-37), nos decía: “Estas personas van como “en camino”, buscando algo en lo que creer para vivir, tropiezan, en cambio, con los mercaderes de la muerte, que les asaltan con la lisonja de libertades ilusorias y falsas perspectivas de felicidad. Estas víctimas son hombres y mujeres que se encuentran, desgraciadamente, despojados de los valores más preciados, profundamente heridos en el cuerpo y en el espíritu, violados en la  intimidad de su conciencia y ofendidos en su dignidad de personas.

Jesús siempre estara a tu lado En realidad, en estas situaciones las razones que llevan a abandonar cualquier esperanza podrían parecer fuertes. Aunque somos conscientes de esto, sin embargo existen razones para continuar en la esperanza”. (Discurso, noviembre 1991).

3.- Hacia una sola familia Humana

Somos conscientes que el mundo en nuestro tiempo “necesita una profunda renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales construir un futuro mejor”, nos recordaba el papa Benedicto XVI  (Cáritas in veritate n. 21).

En fidelidad al Dios de la Vida, la Iglesia  ha señalado con firmeza que: “no puede permanecer indiferente ante este flagelo que está destruyendo a la humanidad, especialmente a las nuevas generaciones. Su labor se dirige especialmente en tres direcciones: prevención, acompañamiento y sostén de las políticas gubernamentales para reprimir esta pandemia.

En la prevención insiste en la educación en los valores que deben conducir a las nuevas generaciones, especialmente el valor de la vida y del amor, la propia responsabilidad y la dignidad humana… En el acompañamiento, la Iglesia está al lado del drogadicto para ayudarle a recuperar su dignidad, venciendo esta enfermedad y promoviendo su reinserción social. En el apoyo a la erradicación de la droga, no deja de denunciar la criminalidad sin nombre de los narcotraficantes – traficantes de la muerte – que comercian con tantas vidas humanas teniendo como meta el lucro y la fuerza en sus más bajas expresiones” (Doc. Aparecida n.422).

Se debe revalorar la importancia de la fe como un factor de protección y recuperación para el drogadicto y dar los medios necesarios para estas iniciativas se desarrollen.

Ante la realidad de las drogas, reafirmamos una vez más el valor supremo de cada hombre y de cada mujer en su dignidad humana. Por ello, es fundamental proteger y fortalecer a la familia, patrimonio de la humanidad, escuela del más rico humanismo que constituye uno de los tesoros más importantes de los pueblos latinoamericanos y del mundo entero. La familia es uno de los primeros lugares de prevención contra la droga. Ella ha sido y es escuela de la fe, palestra de valores humanos y cívicos, hogar en el que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente.

El desafío es grande. Se trata construir la esperanza donde todo parece perdido.  Entre todos debemos fortalecer un tejido social que consolide una cultura de  vida, caracterizada por una inquebrantable pasión por lo humano. Es fundamental la participación sinérgica y solidaria de toda la sociedad, de los Estados, los organismos de cooperación, las empresas privadas, el mundo académico, las Iglesias y los hombres y mujeres de buena voluntad, las organizaciones de familias y personas afectadas por las drogas, para que en todos los ámbitos sociales exista una contundente opción por la vida fundada en la dignidad de la persona, el respeto irrestricto de los derechos humanos y el desarrollo humano integral.

Invitamos a todos a renovar su fe inquebrantable por el ser humano, en su innata capacidad de sobrevivir en la adversidad, en la grandeza de su ser y de su existencia, en la sorprendente capacidad de amar y de amarse.

Con la fuerza que nos viene del Evangelio de Jesucristo, aportamos  esperanza contra toda desesperanza. Renovamos nuestro deseo de estar al servicio de la sociedad en su conjunto, para comprometernos  con nuestros hermanos que sufren la pandemia de la droga, porque la Iglesia se siente íntima y realmente solidaria con ellos y sus familias, porque todo lo humano encuentra eco en su corazón.

Escrito por: Dr. Roberto Tarazona
Diácono Permanente
Oficina de Asesoría Pastoral

* Ponencia realizada durante el Tercer Foro Mundial contra las Drogas en Estocolmo, del 21 al 23 de mayo de 2012.