El desarrollo humano integral: una condición necesaria para la paz

- Reflexiones en torno al mensaje de la Encíclica Pacem in terris del Beato Juan XXIII –
« La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios » (PT n.1)


Introducción:

Pacem in terris
Han transcurrido ya 50 años, desde que el Beato Juan XXIII, regalara al mundo católico y «a todos los hombres de buena voluntad »,  la carta encíclica Pacem in terris. Contundente y esperanzador mensaje en favor de la Paz, que fue dirigido a un mundo dividido y convulsionado por dos guerras mundiales, con la hegemonía de sistemas totalitarios,  la construcción del muro de Berlín y la amenaza de una guerra nuclear hacían pensar en una verdadera hecatombe para toda la humanidad. Esta encíclica fue un llamado a la esperanza y la necesidad de construir un mundo centrado en los pilares de la paz: la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

La fuerza de nuestra Fe en Jesucristo, vivida, proclamada y testimoniada en su Iglesia, nos exige, al igual que el mensaje de la Pacem in terris, construir una Cultura de vida frente a una cultura de muerte que impide que el hombre pueda vivir con dignidad y plenitud como le corresponde por ser hijo de Dios. Ante las nuevas amenazas a la vida humana y los falsos dioses que la post modernidad nos propone, el papa Juan XXIII, nos sigue señalando la necesidad de sumar esfuerzos en favor de la dignidad de todas y cada una de las personas, sobre todo de los más necesitados.


I.- La Pacem in terris: Hacia una renovada conciencia de la dignidad del hombre y de sus derechos fundamentales.

La paz en la tierra, se nos recuerda, es una suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia. Aspiración, que como todo lo humano, encuentra eco en el corazón de la Iglesia, tal como nos enseña el Concilio Ecuménico Vaticano II, otro regalo del Papa Juan XXIII quien lo convocó y presidió en sus inicios. Debemos afirmar que la promoción humana integral de todos y cada uno de los peruanos es una condición fundamental para construir la paz en el Perú de hoy. Trabajar para el hombre pase de condiciones menos humanas a más humanas, es una exigencia que nos compromete a todos, según los niveles de responsabilidad política, social, económica y moral. En estos esfuerzos, debemos señalar con firmeza que el anuncio y la aceptación del Evangelio de Jesucristo es la verdadera fuerza del desarrollo humano y social, porque la paz no puede darse en la sociedad humana si primero no se da en el interior de cada hombre.

Ante los signos de muerte presentes hace 50 años, el Papa Juan XXIII nos enseñaba que: “sin embargo, en lo más íntimo del ser humano, el Creador ha impreso un orden que la conciencia humana descubre y manda observar estrictamente” (PT n.5), esta convicción  nos señala que todos los hombres son, por dignidad natural, iguales entre sí y que por lo tanto con derechos y deberes inalienables. “Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables, y no pueden renunciarse por ningún concepto” (PT n.9)

Ayer como hoy, sigue siendo una tarea impostergable que los pilares de la paz deban de echar raíces en la vida política, social y económica, inundando de un nuevo  aroma, una cultura en favor de la vida tanto en el escenario nacional como internacional. Su Santidad Benedicto XVI, nos señala que “El desarrollo humano integral supone la libertad responsable de la persona y los pueblos” (CiV n.17).  Esto significa, que tenemos que proponer, testimoniar y construir estilos de vida, formas de relación social comprometida con el bien de todos y cada una de las personas, sobre todo de los más pobres.

Nos hace un llamado irrenunciable en construir una sociedad donde  nos reconozcamos como miembros “una sola familia humana”. Nos recuerda que  nos encontramos inmersos en sociedades que están enfermas del alma, porque sus miembros  tienen dificultad para reconocer en el otro, a un miembro de la misma sociedad y de la misma familia humana, con los mismos derechos y deberes. El Papa nos señala que sociedades de estas características están heridas de muerte en su  proyecto de vida social. El Beato Juan XXIII, nos enseña  que la paz y el progreso pueden alcanzarse sólo a través del respeto de la ley moral universal, inscrita en el corazón del hombre. Un desarrollo humano será integral y verdadero cuando todo ser humano acepte y reconozca en su vida, la experiencia sorprenden de esta dinámica del amor, que procede de Dios y se comprometa a construir el bien común y la fraternidad que es el horizonte del  verdadero desarrollo humano integral.

II.- El Bien Común Universal: finalidad del verdadero progreso y desarrollo

El Papa Juan XXIII, adelantándose proféticamente a los signos de los tiempos como son la globalización y la migración de millones,  propuso  que el concepto de bien común debía formularse con una perspectiva mundial, desde el bien común universal.  Señaló que: “la autoridad política es hoy insuficiente para lograr el bien común universal. Ninguna época podrá borrar la unidad social de los hombres, puesto que consta de individuos que poseen con igual derecho una misma dignidad natural. Por esta causa, será siempre necesario, por imperativos de la misma naturaleza, atender debidamente al bien universal, es decir, al que afecta a toda la familia humana” (PT n.132)

Esta autoridad, añadía enseguida el Papa, no debería instituirse mediante la coacción, sino sólo a través del consenso de las naciones. Debería tratarse de un organismo que tuviese como « objetivo fundamental el reconocimiento, el respeto, la tutela y la promoción de los derechos de la persona » (PT n.138). Podríamos detenernos un momento y realizar un balance histórico sobre los derechos humanos en los migrantes, en el niño por nacer, en el anciano, la persona con discapacidad, del derecho a la alimentación, al agua potable, a la vivienda, al empleo digno, a la educación de calidad, a la salud, a la autodeterminación y a la independencia,  La paz exige que estas contradicciones desaparezcan  urgentemente porque ofende la dignidad del ser humano y ofende a Dios.

Es importante señalar que el bien común da finalidad  y sentido al verdadero progreso y al desarrollo, los cuales de otra forma se limitarían sólo a la producción de bienes materiales; éstos son necesarios, pero sin la orientación al bien común terminan por prevalecer el consumismo, el despilfarro, la pobreza y los desequilibrios; factores negativos para el progreso y el desarrollo.

Afirmamos que el bien común tiene que abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a todos los pueblos y naciones, dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios (Cfr. CiV n.7).  Desde esta perspectiva tenemos que trabajar por mejores procesos de inclusión social. De hecho, como ya observaba el papa Pablo VI, «la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» es causa profunda del subdesarrollo (PP n.66) y -podríamos añadir- incide fuertemente en el círculo de la pobreza y la exclusión social. Somos concientes que el mundo en nuestro tiempo “necesita una profunda renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales construir un futuro mejor” (CiV n.21).

III.- La Paz es el rostro de la Caridad de Jesucristo

La caridad de Jesucristo nos invita a entregar la vida por amor en los múltiples esfuerzos a favor del desarrollo humano integral, a beber de las fuentes de nuestro bautismo para renovar nuestra vida de fe y nuestro testimonio cristiano y eclesial. Al igual que hace 50 años, la paz es una tarea inmensa que se concreta en establecer un nuevo sistema de relaciones en la sociedad humana, bajo la enseñanza y el apoyo de la verdad, la justicia, el amor y la libertad . En palabras del Beato esto constituye una « tarea sin duda gloriosa »

El papa Juan XXIII nos pide superar “la inconsecuencia que demasiadas veces ofrecen los cristianos entre su fe y su conducta, juzgamos que nace también de su insuficiente formación en la moral y en la doctrina cristiana. Porque sucede con demasiada frecuencia en muchas partes que los fieles no dedican igual intensidad a la instrucción religiosa y a la instrucción profana; mientras en ésta llegan a alcanzar los grados superiores, en aquélla no pasan ordinariamente del grado elemental” (PT n.153)

Pidamos a Santa María, Madre de la Paz que sostenga y aliente nuestros esfuerzos para derribar las barreras que dividen a los hombres, para estrechar los vínculos de la mutua caridad, para fomentar la fraternidad y la solidaridad, para ser testigos de la Caridad de Jesucristo.




Escrito por: Dr. Roberto Tarazona
Diácono permanente
Oficina de Asesoría Pastoral