“El Desarrollo es el nombre nuevo de la Paz"
Vigencia de la Encíclica Populorum Progressio a 50 años del Pontificado de Pablo VI

Pablo VI“El desarrollo de los pueblos y muy especialmente el de aquellos que se esfuerzan por escapar del hambre, de la miseria, de las enfermedades endémicas, de la ignorancia; que buscan una más amplia participación en los frutos de la civilización, una valoración más activa de sus cualidades humanas; que se orientan con decisión hacia el pleno desarrollo, es observado por la Iglesia con atención” (PP n.1)

I.- El papa Pablo VI: Constructor de la Paz


Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini, el Papa Pablo VI, nació en Brescia (Italia), el 26 de septiembre de 1897 y fue ordenado sacerdote el 29 de mayo de 1920, cuando tenía 23 años de edad. En 1922 ingresó al servicio papal como miembro de la Secretaría de Estado. En 1954, fue nombrado Arzobispo de Milán por el Papa Pío XII, donde abordaría con gran celo apostólico los graves problemas sociales. Desarrolló un plan pastoral que respondió a la realidad de los trabajadores de la industria naciente, la cual iba configurándose como una amenaza a la dignidad del hombre. Por su preocupación y atención pastoral al mundo obrero fue amado y conocido, como el "Arzobispo de los obreros".

El papa Juan XXIII, lo nombra Cardenal en Diciembre de 1958 y lo vincula directamente a la preparación del Concilio Vaticano II al nombrarlo su asistente. El 21 de junio de 1963, luego de fallecer Juan XXIII, es nombrado su sucesor tomando el nombre de Pablo VI. Anuncia de inmediato el programa de su pontificado:

1) Culminación e implementación del Concilio Vaticano II. 2) Anuncio universal del Evangelio, fortaleciendo el trabajo en favor de la unidad de los cristianos y del diálogo con los no creyentes. 3) Trabajar por la paz y la solidaridad en el orden social desde una perspectiva mundial.

Entre el rico magisterio que nos legó, podemos señalar las Encíclicas: Ecclesiam suam (1964), sobre la Iglesia Católica y su misión. Populorum progressio (1967), sobre el Desarrollo de los pueblos, Humanae vitae (1968), sobre la regulación de la natalidad. Las Exhortaciones apostólicas: Gaudete in Domino 1975), sobre la alegría cristiana, evangelio nuntiandi (1975), sobre la evangelización en el mundo contemporáneo. Cartas apostólicas: Octogesima adveniens (1971), con ocasión del 80 aniversario de la encíclica RERUM novarum. Persona humana (1975), acerca de algunas cuestiones de ética sexual. Fue llamado a la casa del Padre, el 6 de agosto de 1978, en la Fiesta de la Transfiguración.

Populorum Progressio II.- Por un desarrollo integral del hombre

El papa Pablo VI, imbuido de la fuerza del Espíritu Santo que hizo del Concilio Vaticano II una “Buena Nueva” para la Iglesia y para toda la humanidad, contemplaba los cambios vertiginosos que ocurrían en el mundo moderno. Los avances en la tecnología y las ciencias, el desarrollo de la industria, la afirmación de un modelo económico centrado en la ganancia y el lucro, la demanda creciente de los movimientos sociales, sobre todo del mundo obrero, naciones que se hacían más ricas y otras que se hundían en el subdesarrollo y la pobreza, el secularismo militante y exacerbado, anunciando a viva voz la “muerte de Dios”, reclamando para sí, una autonomía que exigía la expulsión de Dios de la sociedad y del corazón del hombre, desechando toda huella del cristianismo de la cultura, la ciencia, la economía, la ética y la convivencia social.

Constataba también “la disparidad de los niveles de vida: los pueblos ricos gozan de un rápido crecimiento, mientras que los pobres se desarrollan lentamente. El desequilibrio crece: unos producen con exceso géneros alimenticios que faltan cruelmente a otros” (PP n. 8). ¿Qué tipo de sociedad y de hombre podía producir este tipo de modernidad? ,¿Cómo anunciar al Dios de la Vida, de la Misericordia y de la Caridad en este contexto?,¿Cómo orientar la búsqueda de la Verdad sobre el hombre, del desarrollo y la sociedad?.

El Papa Pablo VI, en su encíclica Populorum Progressio, retoma la realidad y los desafíos de su tiempo y con la ayuda e inspiración del Espíritu Santo, le habla al corazón del hombre sobre la misericordia de Dios, la fraternidad y la solidaridad y el plan de salvación para cada uno. Le señala que el desarrollo de los pueblos es una aspiración del hombre que Dios ha puesto en su corazón, que es a la vez Don y responsabilidad.

Nos dirá que el hombre está llamado a “verse libre de la miseria, hallar con más seguridad la propia subsistencia, la salud, una ocupación estable; participar todavía más en las responsabilidades, fuera de toda opresión y al abrigo de situaciones que ofenden su dignidad de hombres; ser más instruidos; en una palabra, hacer, conocer y tener más para ser más: tal es la aspiración de los hombres de hoy, mientras que un gran número de ellos se ven condenados a vivir en condiciones, que hacen ilusorio este legítimo deseo.

Por otra parte, los pueblos llegados recientemente a la independencia nacional sienten la necesidad de añadir a esta libertad política un crecimiento autónomo y digno, social no menos que económico, a fin de asegurar a sus ciudadanos su pleno desarrollo humano y ocupar el puesto que les corresponde en el concierto de las naciones.” PP n. 6)

De manera visionaria y profética, Pablo VI señala la necesidad de acciones conjuntas entre las naciones para proteger la vida y la dignidad de las personas, sobre todo de aquellos que son afectados por un modelo económico que pisotea al propio hombre. Señala que estas acciones deben tener “como punto de partida una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales, culturales y espirituales” (PP n. 13). Compromete los esfuerzos de la Iglesia en esta noble tarea, “con la experiencia que tiene de la humanidad, la Iglesia, sin pretender de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados sólo desea una cosa: continuar…la obra misma de Cristo quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad… para servir y no para ser servido»(PP n.13).

El Papa señala con mucha fuerza que la cuestión social ha tomado una verdadera dimensión mundial, caracterizada por brechas cada vez más grandes de desigualdad de los medios de subsistencia que originariamente estaban destinados para todos y cada uno de los seres humanos. En la medida que la vida humana se ve amenazada y la dignidad de la persona se pone en cuestión, el Papa afirma que nos encontramos ante un hecho moral, donde cada uno debe tomar conciencia de las propias responsabilidades. (Cfr. PP n.24)

Nos recuerda y anima a realizar una valoración moral de la realidad, a escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio. Asumiendo como propias las profundas aspiraciones del hombre, acompañando los esfuerzos en conseguir su pleno desarrollo y proponiéndoles lo que ella posee como propio: una visión global del hombre y de la humanidad.

III.- El Desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres

La Populorum Progressio nos plantea que el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. “Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre… no aceptamos la separación de la economía de lo humano, el desarrollo de las civilizaciones en que está inscrito. Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres, hasta la humanidad entera” (PP n. 14) El Papa nos recuerda que tenemos una deuda moral por que “herederos de generaciones pasadas y beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, estamos obligados para con todos y no podemos desinteresarnos de los que vendrán a aumentar todavía más el círculo de la familia humana. La solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber.” (PP n. 17)

Un verdadero desarrollo debería ayudar a las personas y a los pueblos a pasar de condiciones menos humanas a otras más humanas. Menos humanas: la miseria, el desempleo, el egoísmo, el hambre, las guerras, la corrupción, el narcotráfico, el sinsentido de la vida, el aborto, todo lo que se opone a la voluntad de Dios. Más humanas: el compartir, la solidaridad, el trabajo justo, el cuidado de los bienes de la creación, la cooperación en el bien común, la voluntad de paz, el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin. “Más humanas, por fin y especialmente: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida de Dios vivo, Padre de todos los hombres” (PP n.21)

Pidamos a Santa María, madre de la Vida que nos ayude a vivir nuestro discipulado a Jesucristo en los esfuerzos por promover un desarrollo humano que esté a la altura de la vocación del hombre.

Escrito por: Dr. Roberto Tarazona Ponte
Diácono Permanente
Oficina de Asesoría Pastoral