Reflexiones sobre nuestra identidad y misión

Llamados a ser testigos del amor de Dios

Roberto TarazonaComo red de Cáritas en el Perú, tenemos plena conciencia que en tanto comunidad de fe, somos portadores de una vocación muy especial que queremos compartir con la Iglesia peruana en su conjunto viviendo una espiritualidad de Comunión.  Dios nos ha confiado el cuidar y proteger la vida humana, "tejiendo redes de caridad" para trabajar por la promoción humana integral sobre todo de los pobres y  las poblaciones marginadas del país.

Nuestro servicio a la vida debe ser expresión de "un amor que se recibe", experimentado de manera  personal y comunitaria;  y "un amor que se dona sin medida", cuya característica principal deba ser su alto nivel de profesionalidad en todos los programas y proyectos que desarrollamos y una permanente formación del corazón, que nos permita contemplar en el hermano al mismo Jesucristo.

Estamos invitados a vivir ese mismo Amor que Jesucristo tuvo por todas y cada una de las personas: "Ámense unos a otros, como Yo los he amado" (Jn 15,17).  Por lo tanto nuestro servicio socio pastoral será un permanente encuentro con Jesucristo, presente en todas las personas, sobre todo en los pobres y necesitados. Sabemos que  sin escucha y discernimiento evangélico de los signos de los tiempos, la caridad que queremos vivir  puede no responder adecuadamente a la historia cambiante de un mundo cada vez más complejo, plural, global y secularizado.

Nos anima profundamente el testimonio y la generosidad de personas e instituciones de la sociedad civil y del Estado, que trabajan por construir un orden económico y social más justo, humano y fraterno. Con ellas caminamos y trabajamos juntos, pero desde nuestra identidad y misión dadas por el Señor a su Iglesia: Introducir la fuerza del Evangelio en el corazón de personas, pueblos y culturas.  Porque "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón... La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del genero humano y de su historia" (Gaudium et spes n.1).

Su Santidad Juan Pablo II nos recordaba que: "... el anuncio del Evangelio es la primera forma de caridad, pero sin una evangelización llevada a cabo mediante el testimonio de la caridad... corre el peligro de ser incomprendido o de quedarse en el mar de las palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día" (Novo Millennio Ineunte n.50).

Promoviendo espacios  de comunión eclesial y de solidaridad con todos los hombres.

Por la caridad cristiana y la promoción de la justicia y la solidaridad, buscamos permanecer fiel a nuestra vocación y misión en la medida que cultivamos, desarrollamos y expresamos  nuestra entraña sacramental: Significar y actualizar el amor gratuito del Señor en el servicio pobre y humilde al mundo. En su Cuerpo, que es la Iglesia, y desde la pastoral social Cáritas,  Cristo prosigue su existencia entregada en favor de las muchedumbres hambrientas de pan, de trabajo, de justicia, de ternura, de amistad, en última instancia, del Dios de la Vida.

 Nuestra misión como red de Cáritas en el Perú, está inserta en el Misterio de Comunión y Misión que define a la Iglesia. Constatamos con profundo gozo y agradecimiento como el Espíritu Santo no deja de suscitar en cada uno de los que conformamos esta hermosa familia de la Caridad, nuevas y renovadas expresiones de la "imaginación de la caridad"  con el fin de aportar respuestas eficaces y oportunas  a las diferentes formas de pobreza y esclavitud que padece el hombre de hoy. Asimismo, desde el encuentro pleno y cotidiano con Jesús Eucaristía "fuente y cima de la vida cristiana" (Iglesia de Eucaristía n.1), "el Espíritu Santo abre  delante de nosotros nuevos retos y nuevos desafíos, pues la comunión en la verdad del Evangelio se verifica y prolonga en el servicio a los pobres" (Gal 2, 1-10).

El cumplimiento de nuestra misión nos exige trabajar sobre todo por la promoción humana integral de las personas y comunidades que viven en condición de pobreza y extrema pobreza o por aquellas que ven comprometidas su subsistencia por emergencias y desastres naturales. Esta promoción implica fomentar y generar mejores condiciones de vida que van más allá de lo estrictamente económico, social y la generación de oportunidades de integrarse al mercado laboral, debe involucrar sobre todo la vida familiar, el  desarrollo de la propia vocación, la vivencia de una ética cristiana y ciudadana y la consolidación de una conciencia cristiana que le impulse  a construir el bien común y la civilización del amor.

SS Juan Pablo II, en su encíclica Sollicitudo Rei Socialis, contempla el desarrollo como un proceso global de todo el hombre... todo proceso de desarrollo debe crear espacios apropiados para el ejercicio de todos los derechos y obligaciones que derivan de la misma naturaleza humana y, en especial, el derecho a la vida, a la verdad, a vivir en un ambiente no contaminado. La vigencia real de estos derechos y de sus obligaciones constituye el mejor indicador para discernir acerca de la integridad del proceso de desarrollo.

La dignidad del pobre exige de nosotros un trabajo incansable y eficiente para que la sociedad no los excluya, para que también  recuperen el protagonismo y asuman su responsabilidad en la marcha de la historia. La Iglesia lleva a cabo su misión en el mundo, cuando convoca a ricos y pobres a la reconciliación fraterna, a trabajar juntos en la edificación de una sociedad más justa donde cada uno reciba lo necesario para desarrollar su propia  vocación humana y divina.

El ejercicio de la caridad, realizado en esta óptica, se convierte en confesión de fe. El discípulo siente la alegría y el honor de ser llamado a servir a los pobres tras las huellas de Aquel que lavó los pies de los suyos para darles parte en su herencia.

La fe operante por el amor forma parte de la espiritualidad de los que marchan en el Espíritu. La Iglesia es consciente de  ofrecer un verdadero culto al Señor cuando lo sirve con fe y amor en los débiles e insignificantes de nuestro mundo.

Pidamos a María, madre de la Vida nos ayude a mostrar a su Hijo a todo aquel que quiera calmar su hambre y sed de infinito.

Escrito por: Dr. Roberto Tarazona
Diácono Permanente
Oficina de Asesoría Pastoral